jueves, enero 26, 2017

Esterlina en dos tiempos





Esterlina es un nombre improbable, pero verdadero. Esterlina es su nombre y ella no sabe si lo heredó de alguna tía paterna o de una mala traducción de una novelita romántica inglesa y en realidad no le importa, le gusta que se destaque como los restos luminosos de una botella rota en la arena húmeda en ese mar de nombres comunes y aburridos .
De Benoit, en cambio, es su “nom d’artiste”, pero todos la conocen así, Esterlina de Benoit. De su verdadero apellido sólo queda constancia en la boleta de gas que llega cada mes y que ella se apura en esconder.
Es de ese tipo de mujeres de las que educadamente se dice que no tienen edad. De lejos, con su pelo largo y rubio y su silueta basculante parece una adolescente pero a medida que se acerca, como en una película en cámara lenta, su figura toma la forma de una joven anciana, de una mujer niña; su piel pálida adquiere el tono de la arcilla que se seca, los ojos se vuelven opacos y sin brillo, sus manos huesudas parecen gárgolas hambrientas.
Siempre viste una sonrisa pero guarda en su centro un carozo, pequeño y duro como el de un damasco, en el que se esconde la melancolía.
Esterlina  de Benoit es sin duda una artista. Con paciencia oriental y manos delicadas como las de una bailarina clásica construye los mejores vestidos de novia de la ciudad. A pesar de que nunca se casó y su vida sentimental no fue más allá de una risita tímida o un sueño cálido, o a lo mejor justamente por eso, sabe ver en cada clienta la esencia para transformarla en la novia más bella. Existe una leyenda que dice que la suerte acompaña a las mujeres que la eligen como modista; que tienen matrimonios largos y felices o viudeces tempranas y también felices.
Vive y trabaja en la casa que heredó de su madre, los techos altos y adornados, las ventanas estrechas, el pasillo en el que desembocan mil puertas. Casi nunca sale, encarga por teléfono todo lo que necesita para vivir, que no es mucho y las telas para sus vestidos las compra a un viejo importador judío que dos veces al año, en mayo y noviembre, llega cargado de rollos y paquetes cuidadosamente envueltos en papel azul, secreto profesional para que las sedas y encajes no se amarilleen.
Su color preferido es, por supuesto, el blanco. Todo a su alrededor pierde poco a poco pigmentación, se desvanecen el rojo, el azul, el amarillo, y el color finalmente se disfraza de luz.
Sólo sale algunas veces al caer la noche, cuando las alas se aquietan y el vuelo se detiene y camina discreta hasta la mercería de la esquina a comprar hilos y botones, alfileres, lentejuelas y mostacillas. Ellas duermen, pero Esterlina se mantiene alerta, imagina las miradas de ojos vivaces y brillantes, acechando. Camina pegada a la pared, como si la protegiera; vuelve a casa casi corriendo.
Entonces ella se siente segura en su nido inmaculado.
Por eso resulta inexplicable el rictus de terror que se dibuja en su cara al ver volar por los aires, elevarse liviana sostenida por el viento, una pluma, blanca, que termina descansando en el borde de su ventana, inmóvil y amenazante. Su miedo no tiene palabras. Sólo lo habita un color, rojo oscuro, casi negro, y el sonido de su corazón tratando de escapar de su cuerpo.
La rutina, esa caja confortable y asfixiante en la que se acurruca como un gato, se quiebra, estalla y se descompone. El leve aleteo no produce un terremoto en oriente; sacude en cambio sus cimientos y la deja al borde del derrumbe.
Mucha gente odia a las palomas. Esterlina no las odia, no puede.
En silencio apaga las luces, una a una, y su casa se esconde en la  oscuridad. Camina descalza hasta la ventana y las ve, son muchas; todos esos ojos redondos del color de los infiernos la observan y ella vomita las plumas que subieron desde su estómago a su garganta, y sin embargo todavía no puede respirar, las alas se reproducen y sacuden, le aprietan el cuello desde adentro, no la dejan gritar.
De repente el sonido de una explosión la estremece, hace que ese tiempo detenido en el terror empiece de nuevo a avanzar, vacilando. Se sorprende, el ruido no viene de su interior. Las palomas también lo escuchan y escapan; Esterlina corre y se oculta en un placard, poco a poco el aire vuelve a entrar a sus pulmones, el corazón recupera su ritmo y ella se prepara para la próxima invasión.





 Esterlina tiene cinco años y no tiene hermanos. Vive con su mamá y su papá en un enorme departamento en el quinto piso de Talcahuano y Paraguay, solos los tres. Su papá la llama Lina, Linita, Alina, y a ella le gustan todos esos nombres que él inventa; en cambio su mamá siempre le dice Esterlina, sin usar nunca la imaginación ni el cariño.
Él es “viajante de comercio” y aunque ella no sabe muy bien lo que eso significa entiende que es la razón por la que su padre muchas veces no está en casa. Esos días no le queda más remedio que acompañar a su mamá en el taller de costura que tiene en la pieza del fondo, donde se ocupa de dobladillos, botones y ojales que algunas vecinas le encargan.
El regreso siempre es una fiesta. Llega sonriente y con un regalo. Ella los guarda en su habitación, ordenados: el enorme peluche con forma de oso polar; la muñeca rubia, como ella; el libro para pintar, lleno de promesas de colores; los lápices alemanes con esas puntas agudas como alfileres; el vestido celeste lleno de cintas de raso y volados. Los objetos le hacen compañía cuando él no está.
Hoy el sol pálido de julio entra por las ventanas pero no calienta cuando escucha las llaves abrir la puerta. Su papá, enorme, repite la ceremonia de cada llegada. Como en un ritual apoya su portafolio al lado de la puerta, cuelga su abrigo oscuro en el perchero del vestíbulo, saluda de lejos a su madre, toma la mano de Esterlina, se dirigen al dormitorio y se sientan en la cama para abrir el paquete.
Es inmenso y blando, atado con un cordón amarillo limón. Deshacen juntos los nudos, desgarran los papeles y el edredón se desparrama sobre la cama, vivo. Envueltos en esa espuma blanda Esterlina se queda suavemente dormida.
Los gritos la despiertan y escucha palabras en un extraño idioma desconocido. Shock anafiláctico repiten una y otra vez, desesperados. Nadie podía saber que el acolchado no estaba relleno de suaves plumas de ganso, nadie podía saber que su padre era alérgico a las palomas.




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