En mi familia a veces faltaba un poco de imaginación. Mi abuelo paterno, por ejemplo, se llamaba Terso, que en italiano quiere decir tercero.
Su hermano mayor se llamaba Ignacio, creo. Después se les acabó la inspiración y los numeraron: Segundo, Terso. La cuarta fue mujer y por eso tuvo suerte. La llamaron Amelia.
A lo mejor por eso cuando mi papá nació mi abuelo, para compensar, no le puso a su único hijo un nombre, le puso tres, Luciano Ángel Enrique.
El que no tuvo suerte fue su loro, lo llamaron Lorito.
Lorito vivió muchísimos años. Yo lo conocí. Y tuvo en su vida aventuras que se alternaron con el suave transcurrir del tiempo en su aro de bronce, mirando la vida desde todos los ángulos posibles.
Escapó del patíbulo durante una epidemia de psitacosis .Mi abuelo lo escondió hasta que pasó el peligro. Logró ser perdonado cuando le clavó el pico en el labio a alguien que se dignó a acercársele demasiado. Aprendió el lenguaje de los loros: “¿está rica la papá?”, “lorito, loriiiito… “; y las malas palabras que un loro de buena familia no hubiera debido repetir. Y por supuesto también aprendió la risa de los loros…
Un día decidió que, si era pájaro, debería volar. Se asomó al balcón del quinto piso y se tiró, las alas extendidas al viento. Volar, lo que se dice volar, no voló. Casi. Planeó un poco, cayendo, y fue a parar al techo de un tranvía. Asustado? Feliz? Mi abuelo, desesperado, logró recuperarlo. Lorito desistió de su proyecto aeronáutico. Desde ese momento se conformó con mirar el cielo colgándose de su percha patas para arriba.
No era un lorito amigable. Sólo se dejaba tocar por mi mamá, porque se gustaban, y por mi papá, porque era él quien le construyó su casa-aro de bronce. Ellos podían rascarle el cuello mientras le decían “piojito…piojito” y Lorito inclinaba su cabeza casi como un gato mimoso.
Cuando mi abuela murió, no sé porqué, mi abuelo le regaló el loro al portero, el mismo al que un día mi hermano le había dicho: “ qué cara de cucaracha tiene usted, señor!”. Por lo que supe, vivió muchos años más con él. Pero al partir no se llevó su casa. El aro de bronce está en mi patio. Porque lo hizo mi papá, porque estaba en la casa de mis abuelos, porque era de Lorito…
Nunca otro loro vivió en él, no hubiera sido correcto. Sólo lo habitan algunas orquídeas y la risa de un loro. Esa risa que a veces se escucha en mi patio, que no sé de donde viene, pero que, cuando la oigo, irremediablemente, me hace reír a mí también.
Cuando mis padres elegían mi nombre no querían compromisos ni homenajes. Querían para mí un nombre nuevo.
Mi abuela, Emma, de cuya familia nadie sabía nada, guardó un prolijo silencio.
Me llamo como mi bisabuela.
Me llamo Elisa, me río con los loros.